viernes, 6 de enero de 2012

Emilia





Era el primer día de diciembre, un frío día poético, en el que el cielo estaba cubierto de nubes grises que se veían como borroneadas sin éxito por alguna mano desconocida, los árboles desnudos estiraban sus ramas hacia la bóveda azul como si desearan calentarse buscando los pocos rayos de sol que se colaban a través de esa densa capa , la naturaleza entera estaba dormida pero despierta a la vez, pues era precisamente ese estado de sonambulismo el que le confería tan extraña belleza, una belleza ajena al mundo urbanizado donde no sucedía nada extraordinario, donde los días eran monótonos y aburridos con las calles abarrotadas pero vacías de gente que valiera la pena.
En medio de todo ese caos provocado por las próximas festividades, en un parque y sentado en una vieja banca debajo de una jacaranda desnuda se encontraba un viejo hombre, imperturbable en su tarea de cada tarde: alimentando palomas, su única compañía desde hacía un largo tiempo, el hombre de pelo casi completamente blanco poseía un rostro con una que otra arruguilla que resultaba indescifrable, nadie podría imaginar todo el sufrimiento vivido con anterioridad y los actuales recuerdos que en ese momento pasaban por su mente, la mente de un hombre solitario a quien la vida le había arrancado a quienes más quería de manera repentina y temprana. Pero esa tarde del 1ro de diciembre todo daría un giro de 180°…
Enfrente del parque, al otro lado de la calle pasaba una señora de unos 50 años acompañada por una comitiva de traviesos niños pequeños, quienes al ver el parque corrieron desesperados por subirse a los juegos, empujándose enfrente del pobre hombre y por lo tanto ahuyentando al ya aumentado grupo de palomas.
- ¡Hey, hey, hey!- gritó el hombre- ¡Vayan a correr a otro lado chamacos malcriados!
La mujer, acalorada pese al intenso viento, intervino sumamente enojada. – ¡Momento, esto es un parque vejete amargado, pueden correr y gritar todo lo que quieran!
- Pero ¿Y mis palomas? ¿que no han visto que yo les estaba alimentando? ¡ Dedícate a educar a esos mocosos mujer!- dijo el hombre volteando a ver a su agresora, pero quedó pasmado con lo que sus ojos se encontraron, se trataba de una mujer hermosa, muy conservada y que poseía unos chispeantes ojos color castaño claro. La mujer seguía hablando como desesperada pero el tonto hombre apenas y escuchaba lo que decía, ésto se debió notar en su expresión, pues ella soltando una bella sonrisa exclamo:
- ¿Pero se puede saber que le sucede al señor? No deja de mirarme como si tuviera un bicho pegado a la cara…
-Mi mi mil di di disculpas señora… lo ultimo que quería hacer era faltarle el respeto a su se señor esposo… – dijo apenado el tipo.
- ¡Ja! pues tenga por seguro que lo ha de estar viendo todo desde allá arriba y no creo que le agrade mucho- soltó la mujer burlona señalando el cielo.
- ¡Oh! disculpe señora no tenía idea… no fue mi intención…
La mujer soltó a reír por la torpeza de aquel desconocido, con una risa que recordaba a aquellas buenas canciones de esas que ya no se hacen. – No se preocupe, de eso ya tiene algunos años y sé que el está mejor ahora, así que dejémonos de eso, ¿usted se llama…?
- Javier Cortéz a sus ordenes, y… ¿la señora me dará su nombre?-. soltó bajando la mirada.
- Soy Emilia Córdova, permítame sentarme aquí, le haré compañía a falta de palomas don Javier.- musitó sonriendo con esos bellos ojos avellana.
Muy pronto Javier y Emilia congeniaron a la perfección y sólo basto un poco de tiempo para que se hicieran grandes amigos, aunque no todo quedó ahí, Don Javier pronto se dio cuenta de que sentía algo más por aquella mujer de risa cantarina y ojos chispeantes, por lo que se esforzaba en hacer más frecuentes aquellos encuentros en la banca del parque y a la sombra de la desnuda jacaranda, lugar que al parecer a Emilia le agradaba bastante y no precisamente por su comodidad sino por la compañía de aquel hombre.
Así llegó el 25 de diciembre, donde por 1ra vez en mucho tiempo, el solitario hombre cenó acompañado de la familia de Emilia, quienes lo aceptaron con los brazos abiertos, como si fuera ya un viejo conocido.
Esa noche Emillia le dio la noticia de que necesitaba hacer un viaje urgente a la capital justo después de año nuevo y que únicamente la acompañaría su hija mayor. A Javier no le quedó más remedio que aceptar. -Ni hablar, tendré que aguantar más de una semana sin verla- pensaba.
Esos días le resultaron larguísimos, como si fueran años y el intenso frío hacia que se prolongaran aún más… Pero al fin de cuentas era tiempo, y este se escurre por las manos como agua así que sin más llegó el día en que esos ojos bonitos regresaban, esa mañana Javier se vistió elegantemente, se perfumó y compró un ramo de flores para recibirla, como todo un caballero de película de los años 50. Cuando ella llegó y lo vió la encontró gustosa, pero había algo en su expresión que parecía decir que las cosas no marchaban del todo bien. Javier quién a pesar del poco tiempo conocía la poca capacidad para disimular de su pedazo de cielo, le preguntó inmediatamente preocupado:
- ¿Que sucede? ¿Quieres hablar?.
-Vamos a caminar al parque- sugirió ella, fingiendo una sonrisa.
Así pues su familia llevó sus pertenencias a su casa, y los dos, como una nueva pareja de novios caminaron hacia su banca favorita.
-Sinceramente esa visita a la capital no fue improvisada.- comenzó Emilia para terminar de una vez por todas con ello- llevo algún tiempo con ciertos padecimientos y los doctores descubrieron que tengo cáncer terminal y que me queda poco menos de un mes de vida- soltó amargamente.
Se sintió como una cubetada de agua fría para Javier, pero él se controló a más no poder para no romper en llanto. Con los ojos arrasados en lágrimas y sonriendo dijo:
- ¿Sabes? Durante mucho tiempo estuve solo, y sin rastro alguno de esperanza, hasta que inesperadamente llegaste tú y me hiciste sentir y vivir cosas que creía nunca viviría de nuevo, incluso había olvidado lo bien que se sentía. Al parecer la espera valió la pena, así que estoy en deuda contigo y me encargaré de hacer de estos últimos días los más especiales de tu vida, te adoro vida mía.
Ella sólo soltó un ¡Oh! y sentados en aquella banca especial lo besó tiernamente.
En las siguientes semanas todo se trató de disfrutar, varias noches él le llevó serenata en dónde bailaron y cantaron las canciones favoritas de su época , salieron al teatro, al cine, fueron a la playa, de día de campo y rieron y rieron y rieron como si fueran unos adolescentes traviesos.
Un mal día ella no pudo seguir más el ritmo y cayó, gradualmente iba empeorando pero la sonrisa y el brillo de sus ojos nunca se perdieron; él estuvo a su lado día y noche -Nunca te dejaré porque eres todo para mi, mi muñequita linda- le repetía. Hasta que una fría tarde muy parecida a aquella mágica en la que todo cambió, cerró para siempre sus ojitos y una sonrisa inmortal quedo grabada en su rostro. Él sólo la contemplo durante un largo tiempo y tomando su mano juró que la encontraría algun dia.
Los días se convirtieron en meses y estos en años y Javier regresó a su tarea habitual de alimentar palomas, en el rincón más bello del mundo.
Un día de diciembre en el que él se hallaba recordando los gratos momentos en esa banca tan especial, una paloma blanca se posó en sus piernas y fijó sus ojos en los del ahora si, ya muy anciano hombre, esos ojos tenían un brillo especial y poseían un único color avellana, el anciano se quedó hecho piedra durante un momento y cuando acercó su mano para acariciar a la bella ave, ésta le dio un picotazo cariñoso y se lanzó a volar hacia el infinito donde desapareció y nunca más volvió.